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El Nombre

Se lo preguntaban tan a menudo, que a fuerza de repetirlo se había cumplido el viejo dicho de “me vais a desgastar el nombre”. Ese pensamiento, por muy “chistoso” que fuera, le parecía lo más triste del mundo. No sabía en qué momento ni en qué lugar, pero desde el día anterior no conseguía pronunciarlo. De hecho, ni siquiera lo recordaba. ¿O sí?... Recordaba algo, vocales, consonantes, una tilde, pero todo estaba tan revuelto y confuso que ni con un lápiz, un papel y toda la paciencia del mundo era capaz de recomponer algo coherente. ¿Sería un nombre extranjero?. Ni por esas. Repasó libros y listados de nombres en cientos de lenguas, hasta variantes dialectales del chino, del árabe, el suahili y hasta en Córnico antiguo (la extinta lengua de Cornualles, en el sur de Gran Bretaña). No recordar su nombre era algo tan estúpido que le daba vergüenza admitirlo. Desde luego, el caco que le había robado la cartera podía haber tenido la consideración de haberle atracado en lugar de robársela sibilinamente, ya que fue al echarse mano al bolsillo para consultar su D. N. I. cuando se dio cuenta de que le faltaba la cartera. ¿Qué hacer? ¿Ir a la comisaría y decir que no sabía cómo se llamaba?. Pospuso la denuncia para un “mejor momento”.

Ya sábado por la mañana, se levantó esperando que su mujer o sus dos hijas le llamasen por su nombre. Nada. Papá, cariño, “pichurri”, papaíto... pero nada que se pareciese a un nombre propio. Por la tarde, una idea: fue al cajón donde se guardaban las declaraciones de la renta, las cartillas del banco y documentación diversa, pero el cajón estaba totalmente vacío, a excepción de una nota de su mujer:

“Cielo, he cogido las cartillas para actualizarlas. El resto de papeles los tiene Clara, mi amiga esa que es abogada, para ver si le podemos rascar algo a Hacienda. Te dejo mi tarjeta de crédito para que saques dinero”.

O sea, que hasta el lunes que Encarna, su mujer, volviera de casa de su madre, nada.

Nuestro personaje se dispuso entonces a pasar un fin de semana enganchado a los partidos del Mundial de fútbol para despreocuparse, pero cada vez que los comentaristas anunciaban un cambio o un jugador metía un gol, desde lo más profundo de su mente le llegaba el grito de agonía, como el de alguien que clama venganza, de su olvidado nombre.

El lunes por la mañana, horror y desesperación. Encarna había olvidado las cartillas en casa de la suegra. ¿Qué hacer?. ¿rendirse y pedir por caridad que alguien le llamara por su nombre?. No, decididamente no.

Había tomado la sagrada resolución de aclarar por sí mismo aquel triste y maldito misterio.

Mientras se afeitaba, se fijó en su alianza de matrimonio. ¡Bingo!. Su rostro se iluminó y empezó a sacarla del dedo, pero lo único que sacó fue un buen golpe en la cara al resbalar en el suelo del baño, abollar el coche de su mujer, obsesionado por la idea del anillo que se obstinaba en quedarse pegado al dedo y por último, llegar tarde a la oficina.

La idea de que el contubernio “judeomasónico”, unos extraterrestres y el demonio, todos aliados y al alimón, se habían conjurado contra él, empezaba a abrirse camino en su mente.

Ya en la oficina, la primera en la frente: se habían llevado su ordenador para mantenimiento y en su lugar le habían dejado uno que debió pertenecer a Tutmosis I y desde el que no podía acceder a la Intranet, relegándolo a tareas simples durante todo el día.

Durante toda la mañana, palabras como “compi”, jefe, Hernández, señor, tú, colega, Tovarisch y hasta su mote del colegio, “guillotín”, pasaron por sus oídos, pero a la hora de la comida seguía en la más negra oscuridad. Lo había intentado todo: había llamado a Proveedores y clientes pidiéndoles que le enviaran por Fax las cosas más impensables y a todos les decía la misma coletilla al final de la conversación: “en la cabecera del fax, pon mi nombre, que luego las cosas se pierden”. Pero nada de nada.

Apenas probó bocado y antes de que llegara el jefe, rebuscó y rebuscó por todos sus cajones, buscando el nombre perdido como si se  lo hubiera dejado allí la semana anterior.

-¿Busca algo, señor Hernández?- le sorprendió la voz del jefe, mientras buceaba en el sacrosanto archivo de personal.

-No, nada. Estaba buscando el informe de un tal Sevilla, que trabajó en mi departamento hace tres o cuatro años, pero ya he terminado”- mintió.

El jefe hizo una mueca que se podía interpretar de muchas maneras y se metió en su cubil tras susurrar algo a su secretaria, que miró a nuestro amnésico personaje como si se hubiese transformado en caballo allí mismo, delante de ella.

Si era la sentencia de despido, mejor, así vería su nombre escrito en alguna parte. Estaba a punto de regresar a su mesa, cuando Piluca “la Tetas”, la secretaria de Don Rodolfo, le llamó la atención.

-“Señor Hernández, tengo algo para usted”

El interpelado sonrió como lo haría un lobo al encontrarse una oveja sola en el campo.

-Pili, bonita, no me llames de usted... y en lugar de señor tal, llámame por mi nombre de pila.

         Ala muchacha se le escapó una risita tonta y la sonrisa le llegó hasta los pendientes.

-Como quieras... ¿Cómo has dicho que te llamas?

-Da igual, déjalo en señor Hernández- suspiró nuestro protagonista. El destino, una vez más, le dejaba a oscuras.

-Sí señor Hernández, como usted quiera. Le decía que si me hacía el favor de llevarse su correspondencia. Gabriel, el ordenanza, no ha venido hoy y el correo se me está cumulando encima de la mesa.

¡A Dios Gracias!. Su correo, estaba salvado. –“Como que me llamo José -se conjuró-, que ahí viene mi nombre escrito”.

¿qué acababa de decir? ¿José? Eso era, se llamaba José Hernández Calero... ¿Cómo diablos se le podía haber olvidado un nombre tan sencillo?. Cientos, miles de juramentos y votos a Tales y Pascuales acudieron a sus labios, pero se los guardó para cuando estuviera solo en su mesa. Cogió el paquete de manos “la Tetas” (casi se lo arrancó) y se marchó a su guarida para rumiar su pena.

Apenas e hubo sentado en su silla, algo rodó encima del escritorio: la alianza de boda, que se había salido sola del dedo. En su interior, dos nombres y una fecha: “Encarnación y José, 23 de junio de 1975”. La felicidad de haber recuperado el nombre sólo le hizo sonreír con aquella “casualidad”. Se relajó y empezó a leer las cartas dirigidas a D. José Hernández Calero, sin prisa, sin preocuparse, hasta que llegó a la última, que era un sobre abultado de grueso papel, acolchado por dentro.

Lo abrió y se quedó un tanto desconcertado: era su cartera, con sus documentos, sus tarjetas de crédito y, para su sorpresa, con los dos billetes de 50 Euros que tenía cuando echó en falta la cartera.

En el interior del sobre, además, había una nota: “¿Qué tal estos días? ¿me has echado de menos? Firmado, José”

 

Fin

El jugador

En el Gran Casino le conocían desde hacía ya más de 25 años. Acudía allí dos veces por semana, dejaba una ficha de 100€ encima de la mesa n.º 6 de Black Jack y decía: “carta, por favor”.

El resultado era el mismo, invariablemente. La escena se repetía tres veces cada noche que él acudía. Todo el mundo en el casino le respetaba como si se tratara de una deidad viviente. Cuando se marchaba, el director en persona le saludaba amistosamente y siempre había un taxi a su disposición.

-En el fondo, me da mucha pena- suspiró René, el crupier que siempre atendía a Don Tomás, como se conocía popularmente al personaje en cuestión.

-¿Tanto ha perdido?- preguntó mordaz un francés bajito que no conocía a Don Tomás.

-No, monsieur. Todo lo contrario. Don Tomás es incapaz de perder- le respondió René muy serio.

Efectivamente, desde 1975, cuando con 19 años y un traje prestado, Tomás Canteras, un emigrante español, entraba por primera vez en un casino, nunca había perdido una mano al Black Jack. Aquel día le había invitado su jefe francés , para el que trabajaba como chófer, a entrar en el Gran Casino de Mónaco. Tomás se jugó diez francos sin ni siquiera haber visto una baraja francesa en su vida, pero un impulso le empujaba o le impedía pedir carta.

Aquella noche hizo saltar la banca. Aquella sensación de poder le gustó y seis meses después, volvió al Casino e hizo saltar la banca de nuevo. No volvió a Mónaco hasta 1981 y aquella noche conoció a René, un crupier que pasaba por ser el mejor que tenía el casino. Tomás ya no quería hacer saltar la banca, sino que había descubierto que, habiendo dinero de por medio, aunque fuera una peseta o un céntimo de franco, ganaría seguro.

Anonadado, René vio cómo, mano tras mano, partida tras partida, cambiando en cada mano la baraja de cartas, cambiando incluso de crupier, Tomás Canteras ganaba todo. El Gerente del Casino había intentado descubrir de mil maneras diferentes si había trampa, había intentado desconcentrarle de las maneras más insospechadas, pero Don Tomás estaba limpio y pasara lo que pasara, siempre ganaba. Incluso poniendo un tahúr frente a él, las cartas parecían cambiar mágicamente. Al final Don Tomás solicitó una entrevista con el Director y el con el gerente.

-Señores, quiero perder- les expuso sin ambages- Se lo estoy diciendo en serio. Soy incapaz de perder. Nunca logro pasarme y cuando me planto, por muy ridícula que sea la carta, los demás, o se pasan o no llegan. Lo que les pido, señores, es poder venir dos o tres veces por semana, jugar una cantidad simbólica, al menos hasta que cambie mi suerte.

Los dos directivos se miraron atónitos. Aceptaron sin reparos, ya que alguna vez, la suerte habría de cambiar. Desde entonces, Tomás llegaba todos los miércoles y todos los sábados, se sentaba en la mesa n.º 6, ponía una ficha de 100 francos sobre el tapete y sin más comentarios pedía una carta. En 1989 la dirección del casino puso a René a disposición de Don Tomás. Poco a poco, los dos hombres empezaron a coger confianza, el hijo de René entró al servicio de Don Tomás como contable y la hija mayor pudo ir a una prestigiosa universidad de Estados Unidos gracias  a una partida de infarto en un casino de las Vegas en la que Don Tomás se hizo con más de un millón de dólares. René, a ojos de todo el mundo y pese a los favores que le hacía aquel extraño personaje, estaba a salvo de dudas y sospechas. Se le vigilaba atentamente con doce cámaras de seguridad, había dos hombres de la seguridad del casino siempre presentes en las partidas que disputaba Don Tomás y más tarde, el jefe de seguridad en persona revisaba la grabación de todas y cada una de las cámaras. Si había algo raro, en más de 25 años nunca se había descubierto y no había  ningún motivo para dudar del por otra parte competente y honrado René.

El primer día en que el Euro entraba en circulación, Don Tomás acudió al casino, pese a que no era día habitual. Llegó frente a la mesa n.º 6 y pidió permiso para apostar una fortísima suma.

El gerente accedió, aunque designó a otro crupier. René deseó mala suerte a Don Tomás, como todas las noches, y se sentó en la sala de seguridad para ver la partida en directo.

-Cincuenta Euros a que esta vez la palma.- apostó el jefe de seguridad, poniendo un billete encima de los monitores.- Esto se sale de lo normal.

-Es por el Euro- explicó René, poniendo un billete de 50€ junto al del jefe de seguridad- Cree que su suerte estaba dada porque apostaba en francos.

Los dos empleados del Casino observaron atentamente la pantalla. Si la buena suerte había abandonado a Don Tomás, nadie lo notó, porque hizo Black Jack de salida. René recogió los dos billetes y se los guardó.

El español, con un suspiro, mientras tanto, puso una ficha de 100€ encima de la mesa y volvió a pedir carta.

Y así, tres veces consecutivas. Don Tomás, pidió una botella de champagne, hizo tres montones iguales con las fichas y llamó al director.

-Por favor, envíe estas fichas al Hospicio de la ciudad- separó un montón en el que a ojo había 100.000€.

Después, cogió otro montón y se lo jugó, de una sola vez, en una mesa de ruleta, perdiéndolo al instante. Mandó canjear el tercer montón de fichas por dinero en efectivo y se lo guardó en el bolsillo.

-Lamento haberme salido de lo normal- suspiró Don Tomás, estrechando la mano del Director.

-No se preocupe, monsieur Tomás. Perder contra usted es siempre todo un placer, pero no se salga usted mucho de lo normal....

Un día de febrero del año 2002, don Tomás falló a su cita. En su lugar, un joven emigrante polaco, el chófer de don Tomás, se sentó en la mesa n.º 6, puso una ficha de 100€ sobre la mesa, miró al crupier y, sin más, pidió una carta.

 

FIN

OLAS DE OTOÑO

-El otoño siempre ha sido una estación triste- pensó Lázaro mientras veía llover tras los cristales, aunque no sabía si era por la lluvia, los días cada vez más cortos o el recuerdo de las aún no muy lejanas vacaciones de verano...

Al otro lado del ventanal de la cafetería, la gente se apresuraba bajo la incesante lluvia. El local estaba casi lleno, con casi todas las mesas ocupadas.

Delante de él, junto a una taza de café a medio terminar, unos folios desparramados y un bolígrafo corriente de color negro.

Llevaba meses esperando que llegase aquel día, y ahora que había llegado, estaba como bloqueado, sin respuesta.

Dos días antes había recibido un mensaje de Maya, una chica que vivía en otra isla. No sabía nada de ella desde bastantes meses atrás y ahora, de repente, reaparecía en su vida. ¿Qué le iba a decir? ¿Que seguía enamorado de ella hasta los tuétanos? Aunque eso fuera la verdad, la simple y pura verdad, era lo último que escribiría en su carta de respuesta. La última vez se habían hecho mucho daño mutuamente y no estaba dispuesto a que volviese a suceder. Maya estaba enferma y, por lo que sabía a través de algunas amistades comunes, estaba rayando en la depresión.

El mensaje que había recibido apenas eran unas líneas interesándose por algunas cosillas banales, del tipo: cómo va el trabajo, la salud, posibles amores... nada más, nada que dejara traslucir un sentimiento de pena, odio, amor o nostalgia, pero Lázaro se sentía casi incapaz de contestarlo, como si se sintiera culpable de la baja moral de Maya o de su enfermedad.

Por fin, tras varias tazas de café, Lázaro pudo articular un mensaje bastante neutro, devolviendo los saludos a Maya y a su familia, viejos conocidos pese a que vivían a más de un día en barco de distancia. Lázaro esperaba que el mensaje, que tardaría al menos cuatro jornadas del servicio de correos en llegar a destino, no llegase en mal momento a las pequeñas, blancas y temblorosas manos de Maya.

Leyó despacio el mensaje, buscando alguna falta de ortografía y al final añadió un par de frases más, interesándose por las mascotas de Maya, una pareja de mininos que siempre estaban rondando cerca de su dueña.

¿Por qué tenía que haberse enamorado de una mujer como Maya?

Guapa era... y mucho. Demasiado quizá. Pero su relación con ella había sido tan inconstante, tan llena de altibajos, que en ese momento no sabía muy bien dónde se encontraba.

¿Y si aquella misiva tan insulsa era la puerta a algo más? ¿Y si hubiera algo oculto tras aquella cuartilla de papel?

Lázaro apartó el folio en el que había escrito su mensaje y escribió otro, esta vez mucho más sincero, declarando por activa y por pasiva todo lo que sentía por Maya. Se declaró, incluso, dispuesto a cambiar de vida con el fin de estar más cerca de ella, de cuidarla, de mimarla hasta que se recuperara.

Esta vez no corrigió nada. Apuró su taza de café, guardó sus cosas y se marchó a casa.

A la mañana siguiente, camino de la fábrica de conservas en la que trabajaba como oficinista, Lázaro detuvo su bicicleta frente a la estafeta de correos.

-Maya Stanklavos- comentó a media voz la encargada de recoger las cartas.

-¿no es esa la chica con la que te escribías el invierno pasado?

-Sí, es ella.

-¿Habéis vuelto?

-Nunca fuimos a ninguna parte- sonrió Lázaro

-Ah, entonces es sólo una amiga- La mujerona le guiñó un ojo.

El día estaba bastante feo, con el cielo del color del plomo, el viento levantaba remolinos de espuma en las olas y a mediodía, parecía que estuviese a punto de amanecer aún.

Unos días más tarde, aprovechando que el día había salido despejado y el viento no pasaba de ser una molestia, Lázaro salió a navegar con la pequeña barca de su padre. De la pequeña mochila que llevaba consigo sobresalía el cuello de una botella, sellada con corcho y plástico. Dentro de la botella, un folio doblado.

-Los mensajes son para enviarse- susurró, mientras depositaba la botella suavemente sobre la superficie.

 

Dos semanas más tarde, mientras paseaba, Maya vio el cuello de una botella que asomaba entre un montón de algas. No debía haber sido arrojada hacía mucho tiempo, ya que aún se podía ver a través del cristal.

-Los mensajes son para ser leídos- pensó en voz alta mientras  abría la botella y sacaba el folio enrollado que había en su interior.

“Maya, es posible que pienses que estoy loco escribiendo algo que jamás vas a leer, pero necesitaba decirte que te amo...”

La botella se rompió en mil pedazos al caerse de las temblorosas manos de la muchacha.

 

FIN

CATORCE AÑOS

“Nos dijimos adiós / pasaron los años / volvimos a vernos / una noche de sábado...” (Cómo hablar – Amaral)

 

Reconozco que aquello me hizo gracia. Justo cuando detenía el coche en la Plaza (una de esas escasas veces que se te aparece la virgen a la hora de aparcar en Cáceres), empezaba a sonar la cancioncita de marras y se me coló un pensamiento acerca de la coincidencia de situaciones. Hacía años que no la veía. Concretamente catorce. Y ese día de septiembre del año 2001, sábado para más señas y a las nueve de la noche, estaba tan nervioso como aquel día en que quedamos a solas por primera vez, en aquel mismo escenario.

Nuestra historia fue breve, tanto como un verano escolar y el olvido, largo. Tanto como catorce años y algunos días.

En todo ese tiempo apenas tuvimos un breve contacto visual, unos minutos en un hospital de Madrid. El resto, dos o tres referencias a través de terceros. Ella tenía una nueva familia y no era cuestión de recordarle lo sucedido aquel tierno verano adolescente.

 

“Otro país, otra ciudad, otra vida / pero la misma mirada felina...”

 

No había cambiado ni la ciudad  ni el país, pero el caso es que aquella noche de sábado, catorce años después, todo era diferente. No era el mismo Cáceres que conocíamos y nuestra vida no era ni parecida a la que teníamos por aquel entonces. Casi se podría decir que habían pasado dos vidas en lugar de media.

Lola, la culpable de que el morbo por verla se saliera de todas las tablas y medidas conocidas, me la había estado vendiendo durante los últimos días como si estuviera en Rebajas. Lo que no sabía es que a mí también me habían vendido como a una camiseta de la temporada anterior.

¿La reconocería? Estaba convencido de que sí. Y allí estaba, en la “Dehesa de Santa María”, sentada en una mesita de la terraza, con un vaso de coca-cola delante y rodeada por dos de sus hermanas, las mellizas y las parejas respectivas de éstas.

¿Me reconocería ella? Pues sí, porque apenas me vio, levantó la mano y la sacudió frenéticamente, en aquel gesto tan suyo para llamar la atención. Bueno, tan suyo y de miles de millones de seres humanos y algunas especies de simios.

Educadamente, nos dimos los dos besos de rigor, me presentaron a los dos muchachotes que ejercían de novios de las mellizas y me senté con ellos. Lo cierto es que el que estuvieran allí las hermanas me descolocó un poco, pero decidí aguantar y ser una persona educada.

La oportunidad de charlar a solas se nos presentó cuando las mellizas y sus muchachotes decidieron ir a bailar a la Madrila y no cabíamos todos en el mismo coche.

 

“A veces te mataría / otras en cambio te quiero comer”

 

Y nos comimos a besos. Así, sin cruzar apenas un par de frases acerca de lo bueno que era el que nos volviéramos a ver. Olvidamos la Madrila y sus locales para irnos cerca, al lugar donde comenzó y terminó todo.

Fue ella la que sacó el tema de su fracasado matrimonio y el de la ruptura de aquel romance de juventud.

-Fuiste muy maduro. No todos a los que su novia le deja por otra chica reaccionan con la misma serenidad que demostraste.

-¿qué querías que hiciera? Además, la procesión fue por dentro. Me dejaste... me dejasteis bien jodido Lola y tú.

-Yo... bueno, lo sentí mucho... pero mira... la vida da tantas vueltas...

-Ya. Tú, casada y divorciada y Lola, a punto de pasar por la vicaría.

Nueva tanda de besos y una hora después, menos de una hora después, compartíamos cama en mi casa.

La que más satisfecha parecía con aquella situación era Lola, que se había imaginado perfectamente dónde estábamos y lo que habíamos estado haciendo, ya que se presentó en casa por la mañana, cargada de churros. ¿Acaso le remordería la conciencia por lo sucedido catorce años atrás?; lo dudo, porque Lola también sabía que aquello duraría lo que tardase en llegar el exmarido.

No porque Ella estuviera enamorada de él, que nunca lo estuvo, ni porque él quisiera volver con ella, sino porque harían el paripé de familia feliz y bien avenida delante de todo el mundo en la boda de Lola y que a mí esa situación no me iba a gustar un pelo... y menos si, como había pasado la noche anterior y pasaría en las dos noches siguientes, terminábamos la jornada en la misma cama.

El caso es que Lola acertó. Cuando planteé a mi recuperado amor de adolescencia si le parecía bien que en la boda estuviéramos juntos, ella me soltó lo que pensaban hacer. Me dijo que no querían que la abuela de ella se llevase el disgusto de su vida, ya que no sabía que se habían separado y divorciado hacía ya dos años y la buena mujer, a la que no le quedaba mucho tiempo, no perdía la esperanza de ver un biznieto entre sus brazos.

El disgusto, por supuesto, me lo llevé yo. Discutimos. Y hay cosas por las que uno pasa, pero la hipocresía y el aparentar lo que no se es...

No volví a  verla hasta el momento de la boda, en una bonita iglesia de la parte antigua de Cáceres. En el banquete posterior me tocó en la misma mesa  que la abuela, ya que ambos guardamos parentesco con Lola.

-Me da mucha pena mi nieta- me confesó la mujer mientras ella y su “marido de ocasión” salían a bailar.

-¿Por qué? Está casada, es feliz, tiene un buen trabajo...

La buena señora Encarna me miró de arriba abajo, como si yo fuera tonto.

-¿Pero tú también te has creído ese cuento? Mira, esos dos no se quieren. Nunca se han querido... y hace ya dos años que se divorciaron. Es una lástima. Casi hubiera preferido que mi nieta hubiese andado con mujeres que con ese cencerro... con mujeres o contigo, como esta semana pasada.

Por supuesto, las confesiones de la abuela Encarna me dejaron totalmente “offside”. ¿Qué pensaría “la nieta” cando se enterase de que la abuela lo sabía todo?

Al día siguiente de la boda volvimos a vernos, le expliqué el suceso, que ya no cabía el disimulo, nos reconciliamos y nos estuvimos viendo durante un mes largo, hasta que nuestras vidas nos reclamaron lejos de Cáceres.

¿Tendrán que pasar de nuevo catorce años para que se vuelvan cruzar nuestros caminos?

 

“... la guerra ha acabado / pero las hogueras no se han apagado aún...”

(Cómo hablar - Amaral)

 

 

¿FIN?

Cuento del Viejo

EL CUENTO DEL VIEJO

 

Dentro de la cueva no más que el murmullo del viento que soplaba con fuerza en el exterior. Sólo, de vez en cuando, se oía un débil crujido, quizá proveniente de un hueso de los esqueletos que alguien había depositado allí cientos de años atrás y, ahora, el balido y el tintineo de las esquilas de las cabras que entraban, seguidas por dos muchachos árabes.

Los dos jóvenes pastores no parecían preocupados por la presencia de aquellos montones de huesos, ya que los habían visto antes en otras cuevas.

-Deberíamos dormir un poco- comentó Haffed, el mayor de los dos beduinos que pastoreaban el rebaño de su familia.

-La tormenta no cesará hasta mañana- repuso su hermano Hassan.- Voy a dar una vuelta por ahí, a ver qué hay.

Con una tea en la mano, Hassan echó a andar por la cueva. Era más larga de lo que se pensaba y pasados unos metros, descendía en una pronunciada cuesta, hasta un pequeño lago, algo inusual en las cuevas que el muchacho había visto en los alrededores, que no pasaban de ser oquedades de apenas una decena de metros.

Hassan volvió sobre sus pasos para avisar a su primo.

-Haffed, ven, tienes que ver esto

Éste, bastante molesto porque se estaba quedando dormido, siguió a Hassan a desgana, convencido de que se trataba de una fantasía del adolescente. La desgana pasó a ser curiosidad cuando llegaron a la cuesta y la curiosidad en vivo interés cuando ambos llegaron a la orilla del pequeño lago.

-Es dulce- comentó el más joven, tras probar un poco de agua.

-No bebas- le amonestó Haffed, que empezó a caminar hacia el otro lado de la cueva, atraído por un débil brillo metálico.

-¿Qué es eso?- preguntó el joven Hassan, llegando hasta donde había ido su primo.

Haffed estaba pasando la mano sobre un gran objeto, de más de dos metros de altura, que estaba semi-empotrado en una de las paredes de la cueva.

-Esto lo he visto yo antes, en un libro.

Hassan miró con curiosidad a su primo, que aparte de cuidar las cabras de a familia en verano, estaba terminando la carrera de ingeniería eléctrica en Jordania y estaba considerado el hombre más culto de la tribu.

-¿Qué es?

-¿Acaso no te han enseñado nada de historia en el colegio?

-Sí, bueno... pero esto...

-Piensa: Egipto, faraones muertos...

-¿Un sarcófago egipcio aquí, en Palestina?

-No, hombre, no tiene por qué ser egipcio, pero esto es un sarcófago.

-Así que ahí dentro hay un hombre muerto.

-Es una mujer- le corrigió Haffed, señalando el policromado exterior, que representaba un rostro y unas ropas femeninos.- Y debía ser muy rica. Esto es Oro lacado.

-¿Oro? Somos ricos...

-No corras tanto. Igual estoy equivocado y no es oro, o tal vez sea un baño de oro.

Ambos jóvenes subieron a la parte superior de la cueva, taparon la entrada de la gruta con una manta para evitar que se escaparan las cabras, bajaron la leña que habían cogido la mañana anterior para hacer un fuego donde preparar algo de comida y montaron el campamento cerca del sarcófago.

Después de haber cenado algo, los dos beduinos volvieron a examinar el artefacto.

Impulsado por un extraño deseo, Haffed empezó a tantear los bordes, hasta dar con la juntura y las bisagras. No fue difícil mover la tapa, que crujió lastimeramente al separarse de la otra mitad del sarcófago.

-Tengo miedo, Haffed. Déjalo. Volvemos mañana con tu padre y el tío Muley, o si es preciso, avisamos a los judíos. Ellos traerán armas....

¿Armas para matar a un muerto?- se burló Haffed, separando un poco más la tapa del sarcófago, hasta dejar al descubierto otro, más pequeño y más ricamente ornamentado que el exterior.

-Esto sí que es oro macizo- murmuró el joven, acariciando la fría superficie metálica.

Un escalofrío recorrió la espalda del mayor de los dos primos, que decidió cerrar de nuevo la tapa del sarcófago y esperar al día siguiente, volver al campamento y regresar acompañado de su padre y sus tíos.

-Vámonos a dormir arriba-  ordenó Haffed a su primo pequeño.

Cuando despertaron a la mañana siguiente, los dos pastores bajaron de nuevo al lugar donde estaba el sarcófago, encontrándolo abierto de par en par.

-Lo dejamos cerrado, ¿verdad?- preguntó Hassan con un susurro.

-Sí, pero eso es lo de menos. El chisme este está aquí. La tormenta ha cesado ya. Corre al campamento y vuelve con los hombres. Que traigan cuerdas. Y una carretilla.

¿He de ir yo?

-Si te quieres quedar aquí solo... anda, ve. Yo estaré fuera, con las cabras.

Fuera de la cueva hacía un día soleado y no había apenas rastro de la tormenta de arena que había azotado la zona la tarde anterior.

Apenas Hassan había remontado la pequeña barranca en la que estaba la gruta, un pequeño ruido de piedrecillas atrajo la atención de Haffed.

Era una muchacha joven, casi una niña, que le miraba con curiosidad desde unos ojos negros y profundos como el pozo de los BeniSayid.

-¿Quién eres?- preguntó Haffed a la joven, que le miró con gesto de incomprensión.

A juzgar por la ropa, una delicada túnica de color rojo, la chica no era de los alrededores. Haffed repitió la pregunta en inglés, pero la chica volvió a hacer gesto de no saber qué le decía. Cuando Haffed le preguntó en  hebreo, la chica sonrió.

-¿quién eres tú?- le preguntó ella.

-Me llamo Haffed.

-Ah, bien. ¿Eres de por aquí?, ¿Me puedes decir qué pasó con las dos ciudades?.

-¿Ciudades aquí?, la más cercana está a más de ciento veinte kilómetros. Por aquí sólo hay aldeas y campamentos beduinos.

-¿Eres sodomita?- preguntó ella

-¡Oiga, cómo se atreve!- se escandalizó Haffed.

-Perdón, sólo lo preguntaba porque es la ciudad más cercana a este lugar.- repuso la muchacha, sentándose cerca del joven.

-Ven, siéntate aquí, conmigo. Cuéntame qué es lo que ha pasado, porque hace tiempo que no sé nada de esta región, aunque es más preciso decir que hace tiempo que no sé nada de lo que pasa en el mundo.

A mediodía, cuando regresó Hassan acompañado de cuatro de los hombres del campamento, encontraron las cabras pastando libre y tranquilamente alrededor de la entrada de la cueva. Cerca de la entrada, un gran charco de sangre. Unas huellas sanguinolentas, de pies pequeños, se alejaban hacia la parte baja de la barranca, pero ni rastro de Haffed, ni fuera ni dentro de la cueva.

Dos figuras, vestidas con túnicas de un extraño color que recordaba al blanco, miraban la escena desde el fondo de las capuchas con las que ocultaban sus rostros.

-¿quiénes sois vosotros?- preguntó uno de los beduinos a los extraños personajes que parecían haber salido de la nada- ¿Sabéis dónde está nuestro sobrino Haffed?

-Vuestro sobrino, sus restos, han sido llevados a suelo sagrado- respondió la voz de uno de los extranjeros, aunque no se sabía cuál de los dos había hablado y su voz se propagaba y rebotaba en las rocas como el eco de un trueno.

Los beduinos se asustaron al oír aquella voz poderosa y sobrenatural, que les anunciaba que el joven pastor había muerto.

-¿Qué le ha pasado a mi primo?- se atrevió a preguntar Hassan

Los dos extraños personajes no respondieron, sino que parecieron aumentar de tamaño y unas alas formadas por centenares de filamentos de una sustancia transparente empezaban a surgir de sus espaldas.

-¿Qué le ha pasado a mi primo?- se obstinó en preguntar el muchacho.

-Ahora hemos de buscarla- le respondió la voz atronadora de aquellos seres.- Si ella escapa de esta llanura, el Hombre morirá...

Uno de los beduinos se envalentonó.

-Si sabéis dónde está Haffed y qué le ha pasado, responded.

Un trueno ensordecedor respondió a las palabras del árabe, a la par que las extrañas alas de los forasteros se extendían varios metros a un lado y otro de sus cuerpos.

Sin tener que batirlas, los dos seres se elevaron en el cielo azul y se perdieron de vista.

Los beduinos, asustados, pero enrabietados por la muerte y desaparición de Haffed, optaron por seguir las huellas manchadas de sangre que se encaminaban hacia las orillas del Mar Muerto.

Apenas había pasado una hora, encontraron a la joven de la túnica roja sentada a la orilla del mar, no muy lejos de uno de los complejos turísticos que salpican la orilla noroccidental. Las huellas se adentraban en el agua.

A los beduinos no les fue difícil deducir que la joven era la “propietaria” de aquellas huellas.

-¿Qué has hecho con Haffed?- preguntó uno de los hombres.

La muchacha le hizo una seña para que se acercara.

-Está muerto, como tú- respondió la joven, hundiendo la mano en el pecho del hombre, que asombrado vio cómo, con un siniestro crujido de huesos, su corazón salía en el puño de la extraña muchacha.

-Y tú has tenido más suerte que éstos- carcajeó la mujer, arrojando el corazón al mar mientras el cuerpo del hombre caía a sus pies. Sin dar tiempo a que ninguno de los otros pudiera reaccionar, los beduinos fueron cayendo uno a uno, con la yugular seccionada por unas garras invisibles. Sólo el joven Hassan, paralizado por el miedo, quedó en pie, frente a la muchacha, que parecía no haberse percatado que a su alrededor habían muerto cuatro personas en pocos segundos.

-Ahora tú, Hassan Ibn Barlaty, de los BanuHayaz, dime de qué forma quieres morir.

-Quiero morir de la misma forma que Haffed- le desafió el joven.

-Qué estúpidamente romántico.- se burló aquel monstruo con forma de jovencita- pero no puedo matarte igual. A él le debo mi libertad. En cambio, anoche tú querías que Haffed no abriese mi prisión...

-¿Qué es este mar?- preguntó tras unos segundos de silencio-. Antes no estaba aquí. Esto era una llanura fértil y no este Erial sin vida.

El Mar lleva aquí desde siempre- apuntó Hassan.

-Bueno, bueno, bueno. Chico ignorante, ¿has decidido ya cómo quieres morir?

Un trueno resonó en el aire limpio de la tarde y las dos extrañas figuras que Hassan había visto en la entrada de la cueva aparecieron de la nada. Ahora eran mucho más altos y en sus manos portaban lo que parecían espadas con los filos envueltos en llamas.

-No me impresionáis en lo más mínimo- dijo la muchacha con desprecio- Sé quiénes sois. No podéis detenerme. Ahora no. Ya he probado la sangre y la carne.

-No podrás ir más allá de este lugar.- le conminó la voz de trueno. Vuelve a tu sepulcro. Tu Dios te lo ordena.

-¿Mi Dios?. Mi Dios me ató a un hombre débil. Mi Dios me negó la libertad. Mi Dios hizo de mí lo que soy. Decidle a mi Dios que si Él quiere, puede meterse en el maldito sarcófago y probar qué es lo que se siente estando ahí encerrado. Gracias por vuestra amable visita. Podéis volver a vuestro negro agujero.

Uno de los seres “alados” volvió la cabeza hacia Hassan, cuyos cabellos se erizaron al ver dos llamaradas en el fondo de la negrura que había bajo la capucha con la que el ser cubría su cabeza.

-Hassan Barlaty, es por tu bien- la voz del ser sonó como el eco de un trueno lejano y el joven beduino se sumió en el abismo de la ceguera.

-Qué divertido- se guaseó la joven- Ahora, pasemos a lo serio.

Hassan cayó al suelo, impulsado por una fortísima ráfaga de viento, mientras un ensordecedor rugido de tormenta lo cubría todo.

La muchacha, a la que le habían salido unas alas de la espalda, similares a las de una paloma, intentó huir, pero el viento la echó al suelo, no muy lejos del joven Hassan.

-Ahora tenemos más poder que antes. No nos obligues a usarlo.- Dijo alguno de los dos seres de la voz de trueno.

-No podréis detenerme- se enrabietó la joven, cuya voz había cambiado y tenía ahora un tinte metálico.

-¿Quién ganó la batalla, tío Hassan?- preguntó el pequeño Jossam, verdaderamente intrigado, pese a haber escuchado cientos de veces  aquella historia, contada por el viejo y ciego anciano de la tribu.

-¿Quién sabe?. Los dos Arcángeles guardianes y Lilith, la mujer-demonio, desaparecieron en un remolino.

-¿Y quién hubieses deseado que venciese?- le preguntó una cristalina voz de mujer desde el fondo se su mente.

 

FIN

Metro de Madrid informa...

Las siete de la mañana y Greta y los Garbo se disponen a iniciar su  LP "Búscame", mientras el tren, último modelo en 1986, hace su aparición en el fondo del túnel y frena con un ruido horrendo, como si estuviera reumático. Como siempre, un muro de gente me dirige una mirada de reproche: "¿No hay otra puerta, majo?" parecen decir. Como puedo, me encajo entre una matrona dominicana y un indígena de Madrid, encorbatado y maletín en ristre.

-Comienza el Víacrucis- suspiro, mirando el nombre de la estación, rotulado bajo color Cuaresma, mientras mi adorada Greta traspasa los límites de gomaespuma de los auriculares, provocando una mirada de curiosidad de mi vecino encorbatado.

Cuatro paradas más cerca de Plaza de Castilla, tras cinco minutos de ausente contemplación de un anuncio publicitario mientras esperamos a que nuestro ya veterano tren arranque de nuevo, un amenazador "Ding, dong, ding" cruza el vagón como un ángel de muerte. Las tres décimas de segundo que transcurren hasta que comienza la alocución dan tiempo a mucho, podeís creerme. Se hacen interminables mientras sugestionas con el pensamiento al altavoz, para que la avería que crees que va a anunciar no está en el trayecto que tienes que seguir hasta el trabajo, apagas el MP3 y de un manotazo haces caer los auriculares sobre la nuca.

"Atención, señores viajeros, Metro de Madrid informa" dice la bien modulada voz de la locutora, anunciando que ya puedes comprar el abono transporte. La matrona dominicana suspira ostentosamente, mientras que el trajeado vecino de mi izquierda cambia disimuladamente de mano el maletín y se seca, como distraído, el sudor de la mano en el trasero de una adormilada dependienta de Leroy Merlin.

Creo que estos sustos, a estas horas, están de más y que los jerifaltes de Metro de Madrid podrían cambiar los tonos de aviso para evitar sobresaltos innecesarios.

Arreando, que vienen dando.